"A lo cual, recuerdo, que Hugo respondió con un gesto de ademán con la mano derecha. Sí… recapitulo y sonrío para mis adentros al admitir que parecíamos unas nobles aristócratas elitistas y asqueadas del populacho. Aun que en realidad no era siempre así, también teníamos unos cuantos momentos de lucidez en que intentábamos cambiar el mundo.
Pero volvamos a Marta: decía que no podía evitar observarla. Apenas conocía su interior o sus valores pero, esos ojos claros color miel escondían algo que se me escapaba en todas sus miradas; y tenía una sensación que me carcomía por dentro. A mitad del segundo plato (no recuerdo qué cenamos) sonó su teléfono móvil y, por su expresión, comprendí que estaba esperando esa llamada desde hacía horas.
Respondió a la llamada con un “hola” inaudible para toda la mesa, su tono de piel y los rasgos de su cara habían cambiado de pronto. Casi podría decirse que no era la misma persona, no era Marta durante esos segundos. Debían de ser noticas malas pero predecibles, pensé. La comisura de sus labios se había endurecido, su entrecejo ya no estaba relajado y su nariz parecía inactiva, como si hubiera dejado de respirar por espacio de minutos..."El último autobús de la calle Hasley